Palabra

Siempre que pueda estaré por aquí… pero no estoy, casi nunca llego, y eso que tengo los bolsillos llenos de palabras, y en cada una de ellas llevo prendida una emoción, un sentimiento, un sueño, un deseo… Son solo palabras pero ahuyentan la soledad, que se va pegando a mis alas, que ya apenas si vuelan o cuando lo hacen ya duelen.

Dicen que las palabras son más de los poetas, pero cada vez quedan menos de esos, ahora se vuelven directores, y hacen mejor lavadoras que libros, y ya no hacen pompas de jabón con los versos, y usan las palabras, agrupándolas, entorno a una sola, a la palabra más proscrita que es “no”.

De vez en cuando vengo por aquí, solo cuando duermo menos, y junto letras, y también junto historias que no publico porque solo son mías, como los versos, que ahora los guardo bajo el colchón, porque valen mas que los dineros. Las palabras te salvan, te nutren, te acompañan, te abrigan, te abrazan.

Hay ya mucho humo en esta habitación, tanto, que tengo que, de momento, tengo dejar de escribir palabras.

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Eso que llaman hogar

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Hace una semana – craso error – caí de nuevo en la tentación de hacer una visita al lugar donde crecí.  Me he prometido mil veces no hacerlo, pero como una es débil,  sucumbe a la tentación, y regresa. No encontré nada nuevo, bueno nada que no hubiera visto antes, pero lo cierto es que cada vez que llego allí, que antes era lo que otros llaman un hogar, y miro la casa, los árboles, el lago, las colinas, ya no veo lo que antes me parecía ver. Ahora todo eso se está convirtiendo en un mal dibujo de lo que había antes , que probablemente solo ha existido en mi memoria, y en el componente emocional que me hacía sentir que las cosas que me rodeaban eran sublimes, únicas.

Todo esto me ha llevado a pensar que ciertamente no sé dónde está mi hogar, eso que los británicos llaman home, o que el hogar es algo mutable, cambiante, que uno va conformando en su imaginación y a su conveniencia según va pasando el tiempo, o que tal vez el hogar está dentro de cada uno, y va itinerante por la vida, posándose, a veces, que no siempre, en cada uno de los sitios por lo que recala, y sobre todo con las personas que recala. Tal vez eso que llamamos nuestra casa, es algo que llevamos pegado a la piel, y que no depende, ni tanto, de objetos inanimados que poco a poco vayan ocupando nuestras vidas. O tal vez son las personas que están contigo las que conforman el concepto de hogar… Pero… ¿Qué sucede, entonces, si esas personas se alejan?

Lo cierto es que a estas alturas de la vida, una ya ha vivido en muchos lugares, y algunos han sido hogares, y otros, simplemente casas. En algunos he amado cada una de sus esquinas, mientras otros, tal vez, mas suntuosos y acogedores, he pasado por ellos como por una habitación de hotel,  mientras, que desde fuera, los que me observaban,pensaban que era mi hogar, incluso yo lo pensé en algún momento. Y tampoco soy capaz de asociar sitios donde te sientes en paz a eso que llaman hogar, la paz y el hogar, aunque a veces se parecen y se confunden,  hoy me he dado cuenta, son sitios bien diferentes.

La verdad, me temo, que, como dicen los magos, todo es producto de nuestra imaginación, y nos auto engañamos creando mecanismos para estirar tiempos que apenas han durado unas horas, los decoramos con más imaginación, si cabe, y los anclamos en algún lugar de nuestro cerebro, para así, conformar una entelequia, que intentamos que nos alimente cada día, y en ese convencimiento intentamos subsistir, generando pequeños refugios, que luego abandonamos, porque lo que había dentro, como todo lo de esta vida, es efímero, aunque nos resistamos a admitirlo.

Una vez hable con un preso, al que le faltaban pocos días para salir de la cárcel, y me contó que después de 8 años allí, no le tentaba mucho eso de salir fuera, – increíble- le daba mucha pena abandonar la prisión. Me dijo que el penal del Puerto de Santa María, que era donde había pasado la mayor parte de sus años de reclusión, era su hogar, y que ni siquiera barajaba la idea de volver a delinquir, porque nadie le garantizaba, que con ese hecho volviera a la misma cárcel, a su cárcel, lo  que él consideraba su hogar. Y no es que no quisiera salir fuera –me dijo- , si, él quería salir un tiempo, poder dar una vuelta, ver a alguna gente que de vez en cuando echaba de menos, pero después, quería volver. Nadie en su sano juicio puede pensar que una cárcel es un hogar, sin embargo para ese hombre, cuya salud mental no estaba en entredicho, las rejas se habían convertido en su home, o mejor dicho, él las había convertido en su hogar.

Durante mucho tiempo he luchado contra la noción de casa… pero siempre vuelvo aquí… o tal vez siempre vuelva a mí misma. Creo que, en el “yo” he encontrado un lugar para establecerme. Tal vez me equivoque, pudiera ser, pero eso que llaman hogar, esto dentro de cada uno, solo dentro de cada uno.

La Mirada

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Estamos tan acostumbrados a ver a los que nos rodean que nunca los miramos. Estamos perdiendo la percepción perfecta de ver a los que tenemos cerca. Miramos una estatua, un edificio, un cuadro,  una fotografía de alguien en una revista, incluso miramos a extraños cuando se cruzan con nosotros en la calle, porque algo nos llama la atención. Sin embargo desdeñamos el ejercicio de la mirada a los cotidianos, tanto que a veces ni siquiera podemos recordarlos.

La mirada, el fabuloso poder de la mirada, hace que cobren vida, que su rostro, se vuelva algo fascinante y completo, que por un momento formen parte de ti, porque mirar es mucho más que ver. Cada vez que miras a alguien lo reinventas.

Mientras pueda ser, y de vez en cuando… estaré por aquí.

Felicidad… no hay receta…

Hace tiempo alguien me dijo que lo ser feliz era una actitud frívola, vacua, inexistente y aburrida, que era propio de sujetos poco inteligentes e incluso superficiales. El interfecto, que me adoctrinaba, en esto de la felicidad, o mejor dicho de la no felicidad, se consideraba un ser tremendamente inteligente, y por tanto tremendamente amargado, cosa, que aunque os parezca mentira, me llevó a la conclusión que era lo que le hacía feliz.

Yo siempre supe que él era feliz así, aunque jamás quise convencerle de lo contrario, y le dejé que siguiera su existencia arropado por ese sufrimiento que le hacía dichoso. Claro que, siempre tengo la tentación de enviarle una carta con la frase de Borges: “He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.” Tal vez, algún día lo haga.

Mientras pueda ser, y de vez en cuando… estaré por aquí.

Las Palabras más hermosas

Cuando una escribe siempre quiere elegir las palabras más hermosas. Palabras como pájaro, azalea, adalid, templanza, azul, cero, imprevisible, genealogía, cristal  o ajuar. Hay muchas más, muchas, incluso algunas puedes inventarlas, pues todas las palabras alguna vez no existieron y alguien, las pensó, las pronunció, las escribió y empezó a usarlas, y se convirtieron, entonces, en eso, en palabras.

Pero esas palabras que se nos enredan en la cabeza una y otra vez, y que hacen algo tan maravilloso y tan potente como es la comunicación entre seres humanos, requieren todas, de un soporte. Y ese soporte es lo que sientes justo antes de pronunciarlas, justo antes de ponerlas en el papel.

Tal vez con el paso del tiempo no necesitemos usar las palabras, y bastara solo los sentimientos para comunicarnos. De hecho ya los sentimientos más básicos como el amor o el odio, podemos trasmitirlos con un gesto.  Pero yo de momento quiero seguir usando las palabras, y unirlas así, una tras otra, mientras las siento, mientras las paladeo como si fuesen golosinas, mientras me las pego una y otra vez en la piel, justo antes de acostarme.

Digo en este blog: porque escribir siempre es un alivio, y digo más, porque que cada palabra que hay tras un sentido, es prácticamente un bálsamo.

Mientras pueda ser, y de vez en cuando… estaré por aquí.

La Caja

Como todo ser humano que se precie, con un mínimo de sensibilidad, tengo una cajita llena de recuerdos. Hay muchas plumas, una vez me dio por coleccionar plumas que no he usado nunca, pues siempre he escrito con máquina de escribir primero y después, casi en seguida con un ordenador. En la caja, cada vez más vieja, pero que me resisto a desechar, pues esta también forma parte de la propia caja, hay muchas fotos que plasman tiempos detenidos en el tiempo, lugares estancados en lugares, personas convertidas en imágenes.

También hay varias agendas, libretitas y cuadernos mouleskin a los que la goma ya se le ha quedado floja. Los releo, a veces, pero ya no recuerdo quien o por quien escribí ciertas cosas, solo las que acompañe de algún dibujo, me señalan algo del pasado que aun puedo rememorar en mi cabeza, pero sé que alguna vez fueron importantes, porque me tomo mi tiempo escribirlo, anotarlo o señalarlo. Y en los calendarios de esas agendas hay nombres escritos a bolígrafo – tampoco para eso use las plumas- que he de suponer que son citas, santos o cumpleaños… Hay también la anotación de algún viaje…

En la caja, cuando rebusco de vez en vez, intentando encontrar ya no sé qué, aunque me la sé  de memoria, también hay una cadena con una cruz, de cuando hice la primera comunión, que solo recuerdo por las fotos de los álbumes, y un billete capicúa del autobús de la línea 5, y unas gafas que me trajo mi padre de Canarias, cuando tener unas gafas de sol era casi como tener hoy unos “manolos”.

En la caja también hay sellos y monedas ¿Por qué guardaría sellos y monedas? No me acuerdo, pero tendría alguna razón para hacerlo, y una entrada de un cine de Fuencarral de los que ya no existen, y pegado con un clip un poema de amor de esos que vendía una señora en la puerta… que te los daba por una peseta.

En la cajita también hay unos cincuenta posavasos de cafés y bares que ya no existen, un mapa de Roma firmado con letra aun de mujeres aprendices de vida que vestían uniforme de colegio.

En la caja hay más cosas, muchas de ellas absurdas e inservibles. Ahora sé porque guarde esas cosas, lo hice porque esta noche escribiré con ellas un poema… Ya veis, todo tiene su razón de ser… y he tardado media vida en enterarme.

Mientras pueda ser, y de vez en cuando… estaré por aquí.